Justicia revolucionaria

La transición democrática le debe su éxito más a figuras como Cuauhtémoc Cárdenas

EZRA SHABOT
Ezra Shabot / Línea Directa / El Heraldo de México

Las distintas teorías en torno a la revolución parten de un principio fundamental: las cosas deben cambiar de manera violenta y todo lo existente debe ser destruido para dar paso a una nueva y mejor realidad.

Ese fue el sueño de la burguesía francesa, pero también de los intelectuales marxistas de todo tipo que finalmente vieron en la experiencia soviética, la realización del anhelo de un supuesto proletariado liberado de las garras de un Estado autocrático como el zarista.

La fascinación por la violencia atrajo durante el siglo XX a millones de jóvenes que fueron capaces de hacer caso omiso de una constante presente en todo régimen construido de origen a través de la fuerza: la propensión a mantener y reforzar el régimen revolucionario a través de elementos coercitivos que se sostienen de forma indefinida.

El modelo francés tuvo que pasar por varios periodos de restauración antes de poder construir una democracia representativa. Los gobiernos que llegan al poder por las armas, se sostienen a través de ellas.

El fracaso del socialismo realmente existente se debió, entre otras razones, al desgaste de un régimen basado en el miedo de la coerción y la improductividad de su economía.

Los regímenes democráticos de la era moderna, salvo alguna excepción histórica, surgieron de acuerdos políticos o pactos entre sectores opuestos que aceptaron reglas de juego para competir en igualdad de condiciones y hacer de la vía electoral y el imperio de la ley, la forma de disputarse el poder y dirimir diferencias.

Por eso resulta repugnante revivir el argumento de la legitimidad de la violencia como forma de acceder a los mandos de gobierno, o glorificar movimientos revolucionarios que llevaron a la muerte a millones de personas sin que ello haya beneficiado en nada a las generaciones posteriores.

La transición democrática mexicana le debe su éxito más a figuras como Cuauhtémoc Cárdenas y Manuel Clouthier entre otros, que a los movimientos guerrilleros de Genaro Vazquez o Lucio Cabañas, quienes ante la comprensible frustración de enfrentar a un Estado autoritario sordo y represivo, tomaron las armas sin que esto trascendiese más allá de una amnistía decretada por López Portillo para luego echar a andar la primera reforma política significativa de la transición.

Los muertos y torturados por el régimen hegemónico priista merecen su reivindicación, de la misma forma que aquellos civiles inocentes afectados sin razón alguna por la justicia revolucionaria que decidía de forma discrecional quién vivía y quién moría en aras de la construcción del paraíso socialista.

POR EZRA SHABOT

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