De gobiernos democráticos a naciones prósperas

Para el caso de México, el análisis de la relación entre intenciones y técnica puede ser muy provechoso

Uno de los grandes retos de los partidos y movimientos que triunfan en las elecciones o que encabezan la reconstrucción de un país, es transformar sus propuestas en programas y acciones viables y eficientes. No se trata sólo de tener buenas intenciones, sino de contar con la técnica adecuada.

Como ejemplo de países con buena intención y buena técnica podemos mencionar a Japón y Corea del Sur. Ambos países reconstruyeron sus economías luego de la Segunda Guerra Mundial y hoy en día son naciones con un muy alto índice de desarrollo humano (IDH, elaborado por el PNUD como promedio de esperanza de vida, educación e ingresos).

Un caso de buenas intenciones y una mala técnica es Brasil. El PT logró ganar las elecciones en 2003, puso en marcha un exitoso programa social y logró sacar de la pobreza a millones de personas. Sin embargo, no se reformaron los engranajes fundamentales de la economía y del poder político.

Durante el tercer mandato de este partido en la Presidencia, la economía se estancó, la pobreza volvió a crecer y, peor aún, los adversarios políticos del PT aprovecharon la coyuntura para activar procedimientos poco escrupulosos y destituir a la presidenta Dilma Rousseff y encarcelar a Lula da Silva.

Para el caso de México, el análisis de la relación entre intenciones y técnica puede ser muy provechoso. Hemos padecido muchos casos de partidos y personajes políticos que con una mala intención (medrar con los recursos públicos) han empleado malas técnicas y con ello han desprestigiado a la política y a las instituciones.

El presidente López Obrador conjuntó las intenciones y la técnica más adecuada que catapultaron su triunfo electoral.

En un contexto de creciente desigualdad su discurso está centrado en ampliar las oportunidades de quienes menos tienen. Frente al desprestigio de la política y la atrofia del Estado, su principal apuesta ha sido la austeridad y el combate a la corrupción.

Poco se ha dicho, pero el combate a la corrupción también tiene un valor estratégico. Si el Presidente y su régimen se mantienen como los fieles sirvientes del bien público, al mismo tiempo mantendrán su independencia política y ampliarán su capacidad de actuación para la búsqueda de sus objetivos. El gran desafío para el Presidente es convertir esa voluntad de su gobierno en una virtud de la sociedad. Esto implica impulsar las reformas institucionales para garantizar que el gobierno mexicano siga siendo austero en el futuro, y generar los incentivos para que todos los grupos políticos se normen por el bien común y actúen dentro de la ley.

Es un problema de objetivos de corto plazo y de transformaciones de fondo. Se trata de mutar las grandes expectativas en grandes realizaciones, a través de una buena técnica. Sólo así podemos pasar de tener gobiernos democráticos a ser una nación próspera.

POR DUNIA LUDLOW DELOYA

COORDINADORA DE LA AUTORIDAD DEL CENTRO HISTÓRICO

@DUNIALUDLOW

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