Culiacán no se olvidará

No caigamos en la trampa, no dejemos de insistir en lo que importa: economía, seguridad y medicinas

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Guillermo Lerdo de Tejeda Servitje / Diputado del Congreso de la Ciudad de México / El Heraldo de México

La principal cualidad de López Obrador, que explica en gran medida su éxito político, es su capacidad para comunicar: su manera sencilla de expresarse está al alcance de las grandes audiencias y las frases pegajosas que inventa terminan en boca de todo mundo. Sumado a ello, mediante sus conferencias mañaneras domina la agenda mediática.

De esta forma, hasta hace tres semanas, López Obrador había sido el dueño indiscutible de la conversación pública nacional, e incluso en medio de errores y decisiones polémicas terminábamos distraídos hablando de lo que él quería.

Por ejemplo, frente a problemas como el desabasto de medicinas contra el cáncer, bastaba un chiste suyo o una acusación contra los conservadores para cambiar de tema. Esto se acabó el 17 de octubre, tras el desastre de Culiacán, cuando su gobierno se puso de rodillas frente al crimen organizado.

Aquella operación fallida desencadenó una crisis de credibilidad que no para. Los errores iniciaron esa misma noche. Primero, el secretario de Seguridad salió a decirle una mentira burda a la nación: que no hubo operativo, que se encontraron con el hijo de El Chapo por casualidad.

Mientras, el Presidente decidió que era más importante ir a Oaxaca –donde hizo que unos niños le cantaran–, que atender el incidente de seguridad más grave que el país ha visto en décadas. En su confusión, el gobierno terminó por culpar al Ejército e irresponsablemente reveló el nombre del encargado de la inteligencia antidrogas.

Durante semanas, López Obrador ha tratado de cambiar el tema con múltiples cortinas de humo: se comparó con Jesucristo; quiso envenenar la agenda pública hablando de racismo; llegó al ridículo de balar como borrego en una de sus conferencias; se atrevió a sugerir que había un imaginario golpe de Estado; culpó nuevamente al neoliberalismo; les dijo perros a los periodistas y finalmente se lanzó contra los tuiteros.

Para sorpresa del Presidente, esta vez esos trucos no han funcionado. Los medios y los ciudadanos siguen preguntando sobre la tragedia de Culiacán.

En una encuesta reciente de Reforma a casi 70% de la gente le da desconfianza las explicaciones oficiales. En aquella misma encuesta, 55% de la gente señala que el presidente no tiene ya el control del país.

La tragedia de Culiacán fue un golpe de realidad que ha despertado a muchos ciudadanos; que ha visibilizado el papel de muchos periodistas valientes; que han revelado con crudeza que atrás del discurso triunfalista del gobierno, hay mucha gente inconforme. El régimen está desesperado por que lo olvidemos, y precisamente por eso es importante no hacerlo.

Estimado lector: el gobierno va a contar chistes, va a inventar enemigos, va a dar anuncios espectaculares, va a hacer muchas cosas para que se nos olvide Culiacán y todos sus otros errores.

No caigamos en la trampa, no dejemos de insistir en lo que importa: la economía, la seguridad, las medicinas. Este gobierno puede controlar muchas cosas. Que nuestra memoria no sea una de ellas.

POR GUILLERMO LERDO DE TEJADA SERVITJE

DIPUTADO EN EL CONGRESO DE LA CIUDAD DE MÉXICO

@GUILLERMOLERDO

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