AMLO: ser o ser

Si el Presidente no aspira a ser como Calderón, es el momento de parar, con hechos, la guerra que se pactó con EU

Wilbert Torre / Serendipia / Heraldo de México
Wilbert Torre / Serendipia / Heraldo de México

En agosto, al llegar a Texas, tras la muerte de ocho mexicanos en un tiroteo ocurrido en El Paso, el canciller Ebrard dijo que para el gobierno mexicano el atentado es considerado un acto de terrorismo contra ciudadanos mexicanos. Hace unas horas, el presidente Trump anunció que considerará terroristas a los cárteles mexicanos, después de la matanza de la familia LeBarón en suelo mexicano.

¿Cómo llegamos a este galimatías en el que dos gobiernos alcanzan una misma conclusión sobre dos hechos violentos, uno perpetrado por un hombre blanco de 21 años y el segundo por un grupo de narcos, pero no se ponen de acuerdo en cómo hacerlo asimilable en términos de soberanía? En 2006, al pactar la guerra contra el narco con el gobierno de Washington, el presidente Calderón y el embajador Sarukhán incluyeron una condición en la alianza de la Iniciativa Mérida: No boots on the ground.

México estaría dispuesto a aceptar toda la cooperación necesaria –entrenamiento, equipo y doctrina incluidos–, pero bajo ninguna circunstancia aceptaría en su territorio soldados americanos armados, como sucedió en Colombia.

Lo que siguió es una de las ofensivas más cruentas y prolongadas en México. Comenzó una etapa de apertura y colaboración histórica con la DEA y la burocracia antinarco de Estados Unidos y la inteligencia que producían los grupos binacionales llevó a que en 2009 el gobierno anunciara que de una lista de 37 narcotraficantes, 33 habían sido detenidos o muertos.

Pero a semejanza de Vietnam, la guerra mexicana no se detuvo, pese a que a los dos años ya existía información consistente de que por cada grupo o narco inmovilizado, brotaban muchos más. La estrategia continuó hasta el final de ese gobierno y se sostuvo con Peña. La alianza fracasó en el propósito de borrar a los criminales de la tierra, como dijo Trump ingenuamente hace unas semanas, y el narcotráfico mutó y se multiplicó en otros grupos delincuenciales de secuestro, tráfico de migrantes y extorsión.

Entonces –como ahora– había un pleito entre la canciller Espinosa y el embajador Sarukhán, quien se encargó de ejecutar las órdenes de Calderón para ampliar la colaboración binacional. Sarukhán, miembro del Servicio Exterior, puso el candado No boots on the ground.

Ahora el conflicto es entre el canciller Ebrard y la embajadora Bárcena. Ebrard dijo tras el tiroteo en el El Paso: La primera medida es clasificarlo como un acto de terrorismo.

En Washington no cayó nada bien esa decisión, que tocó fibras muy sensibles en EU. Ocho semanas después, Trump ha volteado en contra México la propuesta de Ebrard. Ignoro qué porcentaje de honestidad y de capacidad constituye al gobierno de AMLO. Pero está claro que la toma de decisiones verticales, sin consultar, revisar consecuencias o tomar decisiones colegiadas, siguen provocando serios cortos circuitos en la administración pública.

Para AMLO llegó el momento de ser o no ser. Si no aspira a ser como Calderón, es el momento de parar, con hechos y un camino distinto, la guerra que se pactó en la Casa Blanca.

POR WILBERT TORRE

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@WILBERTTORRE

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